Sobre un erizo y un piel roja

En los viajes en autobús, en tren, en avión, en las cafeterías o en las consultas de los médicos, activo siempre mi cuaderno de notas mental. Veo abrigos de paño, paraguas con varillas rotas, zapatos sin lustrar, pijeríos desarraigados-oh, el dirty chic-y ceños fruncidos. Algunos resoplan, otras miradas se han quedado muy atrás-en el examen de ayer, en la noticia de esta mañana, en la promesa de nunca-y revolotean sobre el gotelet, golpetean la tarjeta del bus,se acomodan sobre la rejilla del portaequipajes. Short cuts, entran en tu campo visual, en el instante que compartes y salen de tu vida para siempre camino de sus rutinas, despedidas, bienvenidas y fracasos. Para no volver.
Yo escribo sobre estas cosas: ni siquiera sé si es sobre lo que quiero escribir al empezar. O por lo que me da la gana de contar. Leía el gran articulo de Perdomo sobre Kafka y el deseo de ser piel roja: Escribes porque quieres, a veces por saciar un instinto voraz de contar, sin saber si serás leído, con vergüenza y timidez, con chulería y descaro, con prepotencia y humildad. Para muchos es un exhibicionismo autocomplaciente. Puede ser. A lo mejor a mí lo que me pone de todo esto, es pensar que me leen atractivos desconocidos. No tengo ni idea. Pero el blog, como me dijo una vez Catuxa, no es sólo el mejor psicólogo, es también el diario adolescente reconvertido es testimonio, es dar rienda suelta a ese yo puñetero, pueril y a la vez sensato de la creatividad. No sé si lo soy mucho o no. Sólo sé que esta especie de alter ego electrónico, este calendario de emociones que puede desaparecer el día que blogsome muera, es tan democrático como darle una tecla y pasar al siguiente artículo, al siguiente blog, a otra página, a otra dimensión. Pero ni yo ni las personas que me leen tienen la obligación de seguir aquí por seguir etiquetándose dentro del establishment culturetas. Todo lo contrario: yo debo de ser como el Cosmopolitan cutre de la blogosfera, ni dios me lee, pero estoy ahí.
Y esa es la historia: la escritura es un reino de libertad. También lo es la lectura, ya sé que me repito. Pero si véis "El erizo" o si habéis leído "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery entenderéis la relación. Como Paloma, esa niña cuya inteligencia desmesurada se convierte en su peor enemigo de socialización, grabo con mi cámara de segunda mano-yo, a golpe de teclado-lo que me incendia la mente. A mí. Como Renèe, esa extraordinaria bibliófila lectora, de la que los demás sólo veían su trabajo de portera o reconocerían el olor a sopita que podía desprender su casa-siempre que pienso en un patio de vecinos me viene el olor a repollo cocido o a legumbres. Me lo haré mirar-a veces me atrinchero y saco mis púas hacia afuera como el erizo. Pero sigo sentada en mi sillón con mi portátil sobre las rodillas, sonriendo, pensando que esta aprendiz de piel roja, esta insensata manipuladora, esta sonriente gárgola, te ha arrancado una reflexión, te ha hecho detenerte y acariciar unas líneas. Deslizándote por ellas de forma elegante. Y eso mola más que alcanzar el fuerte de los clicks de Famóbil.
Todos los felices se parecen. Pero los infelices, en versión libre de Tolstoi, lo somos a nuestra manera.
Encuentro estas líneas escondidas entre el olor a castañas y las hebras de lana de tu bufanda. Las transcribo por si quieres releerlas o calentarte el corazón, las ganas o la magia. Si hay errores al transcribir perdona mi torpeza. Será la mala vista o la precipitación.


En medio del rigor del duermevela, pudo entrever su cuerpo al trasluz. Le gustaba mirarla así, cuando abandonada a todo se incorporaba y encendía un cigarro. Recordaba todos los ángulos de su cuerpo, un cuerpo que le hacía temblar sólo con verlo, por eso se sonreía cuando ella, en un gesto innato de pudor absurdo mamado en cole de monjas, se tapaba los pechos con la sábana. Su cuerpo,una intensa geografía que podía adorar, perseguir, recorrer y agotar sin brújula ni víveres. En esa antología de piel salvaje quería quedarse a vivir. Preparaba el momento para decírselo, porque en el íntimo vacío de su corazón, no había espacio para explicaciones. Había comprendido que aquellos vaivenes de deseo eran la frontera última,y, por una vez en la vida, se rindió a las palabras. Cuando ella lo desarmó con aquel gesto cómplice de pellizcarle la nariz, el discurso salió de su boca casi sin pensar. Automáticamente se arrepintió, porque, aunque su experiencia en esas lides era nula, casi sabía que el amor, la mayor parte de las veces,es mentira.






