Feisbuqueríos, twitteríos y demás maravillas cibernáuticas

Para Catuxa, Didac, Honorio, Paco López, Noemi, Javier Leiva, Iulius, Ana Zarabozo, Transi, Encarnita, Francisco José Diago….y tantos otros.Porque SÍ se puede trabajar de otra forma. Y, por supuesto, a Odd Librarian
Este post lo escribo en paralelo. Me explico: mis maltrechos huesos de señora mayor no me permiten muchos contorsionismos, pero las bondades de este sistema operativo ventanero me permiten tener abiertos varios frentes virtuales a la vez. Os escribo con un ojo puesto en mi página de Facebook, con mi Twitter-¡qué gran ejercicio de microrrelato es el status tuitero!- y con otras virguerías informáticas varias y diversas. Además de alentar mi natural y compulsiva tendencia a la dispersión-no sé qué habría sido de mí si hubiese nacido con tentáculos en lugar de dos manos-me permite ejercer de "diabla cojuela", de alentar un ego supercotilla que anida en mí y de mimar mi lado infantil y, como dicen las revistas mal llamadas femeninas, mi "natural desenfado"(téngase en cuenta que la primera página de Facebook de la que me hice fan fue la de caramelos Sugus. Luego me hice de Lars Von Trier, que una tiene un prestigio, caramba). Esto, como en el "Un, dos, tres"-el de Chicho, no el de Billy WIlder-sería por la parte llamemos "negativa". Aquí también metería, especialmente en el mundo Facebook, a todos los trolls, spams, que, en forma de código maligno o de ideología perniciosa, pululan por ahí.
En la parte "positiva", osease la de Mayra Gómez Kemp y las macizas azafatas-están, lo que un lúcido y avezado profe llama contactos "persoprofesionales". A través de las redes he conocido a personas divertidas, currantas como el que más, que saben conjugar de manera admirable el rigor laboral y la sonrisa necesaria para seguir el día a día. Que me han sorprendido por su capacidad de trabajo, de compartir recursos que conocen y descubren, de ayudar a los que empezamos desde muy abajo en el dospuntocerismo, y de descubrirnos que, si seguimos a determinadas personas no estamos "perdiendo el tiempo en internés", sino alimentando nuestra capacidad para formarnos y ofrecer mejores servicios. Yo recuerdo, hace algunos años, el estereotipo que tenía yo misma en mi mismidad creado de los informáticos y de los interneteros compulsivos, lo que mi amigo Suso, que pertenece al primer gremio de los mentados, llamaba "pajilleros del aula de informática" : esos "nerds", esos "geeks" granujientos y con falta de roce social que dejaban historiales del navegador plagados de páginas guarrindongas cuando se emocionaban y descuidaban. Pero, ay amigo, cuando tenías un problema con tu basita de datos o necesitabas teclear código y te habías perdido, allí estaban ellos. A mí Twitter me ha resuelto, en cuestión de segundos, y gracias a la colaboración desinteresada de algunos, dudas en Joomla!, me ha proporcionado interesantísimos recursos con los que he alimentado mi Delicious, me ha dibujado sonrisas en medio de mi lucha contra la ola googlelera-Melody en mi honor debería de cantar "soy una surferaaaaaaa"-y, qué caramba, me ha dado lectores para esta mi casa. Por no hablar de descubrir facetas como el buen gusto musical de algunos, su talento para la escritura o, también y lo que es más importante: su buen humor. Se ha discutido, claro que sí. Ha habido desencuentros, sin duda. Pero todo ha sido enriquecedor, dinámico, constante. Y te enteras de cómo hacen las cosas en otros sitios y que, a veces, los problemas no son tan diferentes. Y abres tu cabeza.
Las redes sociales son, como todo, el uso que hacemos de ellas. Lástima que no estén tan perfeccionadas como para, como la protagonista de "La rosa púrpura de El Cairo", saltar al otro lado y tomar unas cervecitas, cafés o lo que sea, reales. Un defecto que, de momento, la tecnología no ha sabido solucionar.
Propuesta a la RAE : feisbuquerío, tuiterío.
Encuentro estas líneas escondidas entre el olor a castañas y las hebras de lana de tu bufanda. Las transcribo por si quieres releerlas o calentarte el corazón, las ganas o la magia. Si hay errores al transcribir perdona mi torpeza. Será la mala vista o la precipitación.

A mí, que escribo esto porque quiero y casi nunca lo corrijo, me gustaría ser como mi personaje. Ser tan chula, tan echadapalante y tan tremenda que nada me afectase. Quiero que me afecte, claro está, el dolor y la injusticia, aunque sean como parte de mi cómodo papanatismo occidental que se escandaliza ante la imagen y no mueve el dedo más que para coger cacahuetes o cervezas al lado del sofá. Pero cuando digo que nada me afecte hablo de que no me hieran, no me duelan, no me cabreen gratuitamente o me hagan perder energía y tiempo cosas que dicen de mí.

o termine de escribir estas páginas las arrancaré, como llevo horas, días y tiempo intentando arrancar tu sonrisa, tu piel y tu sombra de mi alma. Pero qué curioso: arranco lo que escribo y lo guardo en un cajón, como esos escritores que guardan novelas y cuentos para esperar a su muerte y que los juntacadáveres hagan su agosto. Fíjate si soy clásica que hablo de arrancar, cuando en realidad hay una tecla que puede borrarlo todo, aunque la trampa de la documentación virtual nos permite hacer plantillas, cuando hay un sistema operativo que constantemente nos ataca en nuestra seguridad preguntándonos si "¿Está usted seguro de que quiere borrar esto?"cuando hoy casi es más difícil perder un escrito que una amistad trabada en los años y las confidencias. Sí, es difícil extirpar tumores de amor. Pero esta que yo sufro es una bendita enfermedad, es una intensa fiebre, es una dificultad expansiva, es un sacerdocio emocional. Y los troyanos acechan, que no los tirios. Te diré que los comentarios son siempre los mismos: te vas a llevar un tortazo (o lo que es lo mismo, no instales tantas cosas en el disco duro que te lo va a malear), no utilices software propietario (es decir, que tenga dueño), navega libremente (eso sí lo hago que soy Mozillera) y no surques aguas procelosas en hipocampos extraños. Y a mí, que siempre he gozado mucho del peligro y de sus angustias, que venero la sombra de tus manos en mi teclado, que ahora sólo espero tener una ventana abierta en mis redes sociales, me cuesta entender que nadie entienda que, por una vez, y a lo mejor sólo por esta vez, voy sin antivirus. Paso ampliamente de los programas espías. Y de borrarme la caché del navegador. Y además, qué coño: no me da la gana de resetear.






