Fragmentos de un diario futuro (final, por el momento)
Siempre me han gustado los finales abiertos. Como espectadora, como lectora ,quiero ser quien descubra o participe de la suerte de esos seres frente a mí, en la letra impresa, en la imagen. A veces hay un guionista malsano, o un pesadito de esos que tocan en la fila de delante, que nos incordian con su sapiencia o punto de vista impuesto, porque sí, porque quieren. Y carpetazo al asunto.
A mí me gusta seguir imaginando qué sucede con tal o cual personaje, con esa historia que acabo de escuchar o presenciar, cómo las posibles vías van perfilandose en mi cabeza cuando voy saliendo del cine o cuando cierro de golpe el libro recién terminado. ¿Tendrían al final las estirpes condenadas a cien años de soledad una segunda oportunidad sobre la tierra? ¿El niño que en ocasiones ve muertos podrá, con el tiempo, predecir más futuros? ¿Pueden un gendarme y un tabernero borracho iniciar una amistad en un aeródromo? ¿Cómo sería Lolita más allá de los treinta años? ¿Y lady Lindon? ¿Le seguiria temblando el pulso al firmar la asignación del que fue su marido al compás de una zarabanda? Puedo pensarlo, digerirlo, alargarlo. Esbozar posibilidades cómicas, dramáticas, trágicas incluso. Dar rienda suelta a la encrucijada cerebral que me provocan, como espectadora, como lectora, mi empatía enfermiza con algunos personajes e historias. Pero claro, el amor es un juego plagado de cartas marcadas. No puedo cortar el traje guionístico como una quiere. Porque quizás, y solo quizás, uno de los actores actúa como cree que el férreo guión, voluntariamente escogido, le impone.
Yo creo que entre dos personas que se quieren no hay final ambiguo que valga. Y que el tiempo, el peso y el paso del tiempo,no tapará nunca todo lo que ellos fueron. Lo que son. Lo que llegarán a ser. A pesar de ellos mismos. A pesar de la propia vida. Las historias escritas entre dos son un intenso equipaje. Siempre.
(Nota final: Aunque algunas veces, solo algunas veces, "demasiadas cosas tengan que cambiar para que todo siga siendo igual").


En medio del rigor del duermevela, pudo entrever su cuerpo al trasluz. Le gustaba mirarla así, cuando abandonada a todo se incorporaba y encendía un cigarro. Recordaba todos los ángulos de su cuerpo, un cuerpo que le hacía temblar sólo con verlo, por eso se sonreía cuando ella, en un gesto innato de pudor absurdo mamado en cole de monjas, se tapaba los pechos con la sábana. Su cuerpo,una intensa geografía que podía adorar, perseguir, recorrer y agotar sin brújula ni víveres. En esa antología de piel salvaje quería quedarse a vivir. Preparaba el momento para decírselo, porque en el íntimo vacío de su corazón, no había espacio para explicaciones. Había comprendido que aquellos vaivenes de deseo eran la frontera última,y, por una vez en la vida, se rindió a las palabras. Cuando ella lo desarmó con aquel gesto cómplice de pellizcarle la nariz, el discurso salió de su boca casi sin pensar. Automáticamente se arrepintió, porque, aunque su experiencia en esas lides era nula, casi sabía que el amor, la mayor parte de las veces,es mentira.

Hace algunos años leí un artículo de Rosa Montero titulado "Ni coja, ni madre". Hablaba de la mirada de lástima que observaba en algunas mujeres cuando sabían que ella no tenía hijos. No puedo más que recordar este artículo esos días por varias razones. Vaya por delante que adoro los niños, los entiendo, les molo (yo creo que porque vivo en una perpetua infancia, que no postadolescencia) y me fascina su mundo. No he tenido hijos simplemente porque no ha sucedido. Tampoco soy del Atletico de Madrid, política, topmodel o millonaria decadente en una casa a las orillas del lago Como. (George Clooney, me dejé unas zapatillas de andar por casa la última vez, by the way). Una cosa es plantearse objetivos, que los quieras o desees y otra que se lleven a cabo. No tengo el dolor íntimo o el desgarro que veo en muchas mujeres que han luchado por su maternidad, que han pasado por tratamientos agresivos, duros y demoledores sin resultados halagüeños. Tampoco he vivido el laberinto burocrático de la adopción. Pero me gustan los niños, insisto. ¿Me habría gustado tenerlos? Por supuesto. ¿Lo llevo como una cruz? Pues va a ser que no. ¿Me gusta tenerlos cerca, mimarlos y esucharlos? Muchísimo. Lo que no me gusta es el "lobby" de las madres militantes, excluyentes, fardonas, que me miran con displicencia, distancia y poca fe por el hecho de no haber pasado por un parto.




